AÑO 18 VOLUMEN 5049

 

NOTICIAS DE
PUEBLA Y TEHUACÁN
CARICATURAS COLUMNAS REPORTAJES DIRECTORIO

 

SER SANTO ES FÁCIL

Modesto Lule MSP

La santidad como la entienden muchos es inalcanzable. Creo que hemos errado el camino muchos de los que somos evangelizadores cuando no presentamos con cuestiones claras y sencillas lo que es la santidad. El papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et Exsultate (sobre el llamado a la santidad en el mundo actual) expone de forma sencilla que la santidad está al alcance de todos. Puede ser que muchos de nosotros veamos la santidad tan distante por el conocimiento de los santos que hemos conocido, como san Martín de Porres o san Ignacio de Loyola o san Francisco de Asís; y llegamos a pensar que para ser como ellos o como el padre Pio de Pietrelcina nunca lo vamos a lograr. Primeramente debemos tener en cuenta que la santidad es un llamado de Dios a cumplir con su voluntad y que la vida de cada uno tiene una misión distinta. No todos podemos seguir los pasos de san Francisco de Asís ni tampoco de santo Domingo de Guzmán. Basta mirar la vida de los santos franciscanos, cada uno con su peculiar detalle aunque en un mismo carisma llegaron a la santidad sin buscar hacer lo mismo que su fundador. El papa Francisco en su exhortación dice: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad de la puerta de al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, la clase media de la santidad”. Con referencia a este esbozo de la exhortación del papa Francisco me gustaría remitir lo que la palabra de Dios dice en el libro del Levítico 19, 1 – 18, donde dice. “El Señor se dirigió a Moisés y le dijo: 'Dile a la comunidad israelita lo siguiente: 'Sean ustedes santos, pues yo, el Señor su Dios, soy santo. 'Respete cada uno a su padre y a su madre. 'Respeten también mis sábados. Yo soy el Señor su Dios…No roben. No mientan ni se engañen unos a otros…'No hagas promesas falsas en mi nombre, pues profanas el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor…'No uses la violencia contra tu prójimo ni le arrebates lo que es suyo…'No andes con chismes entre tu gente. 'No tomes parte en el asesinato de tu prójimo…'No abrigues en tu corazón odio contra tu hermano. 'Reprende a tu prójimo cuando debas reprenderlo. No te hagas cómplice de su pecado…'No seas vengativo ni rencoroso con tu propia gente. Ama a tu prójimo, que es como tú mismo”. A conciencia sabemos que lo que nos pide la palabra de Dios no es algo tan distante de nosotros o imposible. Es verdad que algunos de los santos de la Iglesia gozaron del favor de Dios no por un privilegio, más bien por trabajar más en su espíritu y pudieron alcanzar esos grandes dones como el de bilocación o levitación, pero eso es muy escaso o hasta único en algunos muy pocos santos. Lo cierto es que a algunos santos antiguos gozaron de mucha fama popular y muy posiblemente fueron “barnizados” por la misma gente al colocarles ciertas acciones o virtudes alejadas de la realidad. Hoy los santos  contemporáneos nos enseñan que haciendo lo que nos toca con amor nos puede llevar a obtener las gracias espirituales de Dios necesarias para no desfallecer en el trajín de todos los días y alcanzar la santidad. La santidad se puede alcanzar en el ofrecimiento diario de las cosas y haciéndolas con amor y por amor. Veamos el caso de la religiosa ya santa, madre Teresa de Calcuta. Una religiosa de nuestros tiempos venerada incluso por personas no cristianas ni católicas. Sus acciones llevaron a miles de personas hasta donde ella estaba para comprobar si en verdad lo que ya muchos decían de su vida. Hay muchos santos anónimos en la vida de nuestro alrededor. Enfermos que ofrecieron sus dolores, que fueron pacientes, mamás abnegadas y sacrificadas por sus hijos o padres de familia amorosos buscando siempre dar lo mejor de sí. Ser santo es fácil, los difíciles somos nosotros que dejamos que el egoísmo nos domine, que el orgullo nos controle y que la soberbia nos dirija. Dejemos que la palabra de Dios habite en nuestros corazones y hagamos lo que agrada a Dios. Eso mismo te dará la paz y pudiera ser que dentro de algunos años te pudieran llamar el nuevo santo.

Hasta la próxima.