AÑO 17 VOLUMEN 4104

 

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DESDE HUATUSCO

LA ILUSIÓN PERDÍDA.

Roberto García Justo

Un reconocimiento fraternal para mi gran amigo cordobés: LEÓN IGNACIO RUÍZ PONCE por su valioso libro, “En busca del Gigante”, una obra que refleja la inocencia de un niño que recorre el País donde descubre el amor filial, el patriotismo de los gobernantes y la generosidad con los migrantes. Un México lleno de valores.

En este segundo mes del año, las añoranzas por el pasado se tornan más frecuentes, los recuerdos se fijan en la mente, como una señal que nos traslada a otras épocas y miramos impotentes  que nos arrancan de las manos la facultad de conversar. Esta virtud que nace con el hombre  borrada por el mismo, se desvanece como una corriente de aire que no sabemos a adónde va.  Tal vez asediada por las nuevas innovaciones tecnológicas que saturan el espacio de la información.

Los auténticos narradores de provincia y de la ciudad, tenían el privilegio de escuchar,  aprender y comentar eventos históricos que por su importancia se convertían en legendarios y por su frecuencia en tradicionales. En las fuentes orales se incrementaba esa mitología popular que en la actualidad se encajona en revistas y libros que archivan aficionados a la lectura y apasionados cronistas que los utilizan para recolectar la riquísima tradición narrativa de antaño.  Muy pocas personas  de edad avanzada, conservan la facultad para relatar lo que la  imaginación proporciona.   

En esta localidad existen muchos  relatores   que se juntan en las avenidas, en el café o en los domicilios, la gracia de cada uno reside en su memoria y  ademanes para describir las evidencias del pasado y el presente que con frecuencia escucha, siendo  temas que le han sucedido a los amigos o familiares y  en los ratos dedicados a platicar, lo han grabado para externarlo.  Con el estilo propio de una maestra dotada de una  inteligencia y lucidez,  Angelina Sedas Acosta, habla  de las familias huatusqueñas del año de 1929.

“Concepción era una niña vivaracha y extrovertida, alegre, inteligente y con muchas facultades para ser artista. Por el contrario, su hermana mayor, Amparo, se distinguía por ser reservada, entregada a las labores del hogar.  Los abuelos paternos hacían constantes señalamientos a los padres por la forma que las educaban, les  daban completa libertad para visitar a sus amigas, frecuentar a los vecinos, cortar flores y frutos de su huerto que estaba ubicado  en el solar donde años después  se construyó la Escuela Primaria Miguel de Cabañas.    

Conforme crecían se despertó el interés por la educación. Las dos asistían a la Academia que una secta presbiteriana había inaugurado con éxito. Amparo soñaba con tocar el piano, por ser  el instrumento más difundido en la Ciudad. La otra niña se empeñaba para convertirse en una distinguida cantante y presentarse en los foros de México. Por fortuna, los que la escuchaban, la elogiaban por su bella voz de soprano, la que modulaba con especial emoción, dando a las melodías una delicada entonación.

Sin mayores consecuencias, el fanatismo doctrinario de aquella época no supo valorar la aportación cultural  que ofrecían los integrantes de una religión distinta a la tradicional que,  amenazados tuvieron que emigrar. Con la decepción ocasionada por esta decisión, las hermanas no volvieron a ninguna escuela.  Se reunían con sus  amigas, las García y las De La Fraga. De esta última Rosario era soprano internacional. Se había educado en Europa y cantaba opera en los teatros del País y extranjeros.” La conversación con la Maestra no termina aquí, es tan extensa que la dejamos para que posteriormente continuemos con los detalles más interesantes.